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Beatriz Helena Robledo





                               Un día, antes de que se acabaran las clases, se me ocurrió la
                            maravillosa solución. Quería una fiesta de fin de año con mago
                            incluido. Mamá no podía negarse. Me había vuelto un niño tan
                            juicioso, tan callado, tan metido en los libros que merecía un premio
                            por mi buen comportamiento. A mamá le pareció una buena idea.
                            Le insistí en que tenía que ser el mismo mago, alto, flaco y de

                            barbas que había estado en la fiesta de mi prima Carolina.














































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